Alba
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Me gradué recientemente en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona, donde cursé el grado entre septiembre de 2021 y julio de 2025.
Entré con muchas expectativas. La nota de corte era alta, había bastante demanda y creí —erróneamente— que eso sería sinónimo de calidad académica. También influyó el hecho de que es la única universidad pública de arte en Cataluña. Llegué con ilusión, pero con el paso del tiempo, me decepcioné.
Es cierto que algunos —aunque muy pocos— profesores ofrecen contenidos teóricos interesantes, y que los talleres son espaciosos y coloridos. Sin embargo, son muchas las carencias que presenta el centro, tanto a nivel estructural como organizativo.
La facultad tiene una falta evidente de mantenimiento: no hay ventilación, hace frío en invierno y mucho calor en verano. Algunas aulas no cuentan con mesas ni sillas adecuadas, y se imparten clases de cuatro horas sentados en simples taburetes. El servicio de secretaría y el personal encargado del programa Erasmus+ muestran poca implicación, con una gran lentitud para realizar trámites y escasa atención hacia el alumnado. La cantina tiene precios muy elevados, una calidad baja y porciones pequeñas. La mayoría de las taquillas están rotas, y no ofrecen ninguna seguridad para dejar pertenencias.
Académicamente, muchas clases están mal organizadas o directamente improvisadas. Incluso ha llegado a cancelarse alguna clase sin previo aviso, simplemente dejando una hoja mal escrita en la puerta. En mi caso, invertía dos horas de ida y dos de vuelta para asistir a la universidad. En general, noté muy poca empatía y falta de vocación por parte de gran parte del profesorado.
Mis dos últimos años en la facultad fueron especialmente asfixiantes. Todo el material debe ser comprado por el estudiante, y a veces se exige utilizar papeles o soportes carísimos incluso para hacer simples bocetos. En mi caso, estudié en el departamento de pintura, donde sentí que se limitaba mucho la libertad creativa. Siempre me he inclinado por la pintura figurativa, y recibí juicios constantes por no seguir el estilo o los referentes que el profesorado valoraba. Muchas veces se nos decía que lo que hacíamos “estaba mal”, pero sin explicaciones ni críticas constructivas. No se enseñaban las bases de la pintura; tenías que improvisar con lo poco que sabías. Había una falta evidente de interés por las inquietudes y ambiciones del alumnado, y un nulo esfuerzo por escuchar otras perspectivas. El ambiente general era pesimista y desmotivador.
En resumen, salgo de la universidad con buenas amistades y algunas anécdotas, pero como estudiante me llevo conocimientos superficiales, frustración y una sensación de decepción constante. Esta facultad, que en teoría debería enseñarte arte, acaba enseñándote a sobrevivir en un entorno crítico, desorganizado y poco empático, donde falta vocación, respeto y voluntad de acompañar al alumnado en su desarrollo creativo.